Los ciclos de lo vivo
Una rama cae.
Nada parece moverse.
Sin embargo, todo comienza.
Elija un árbol aislado. Mire el suelo bajo su copa. Las hojas caídas el año anterior casi han desaparecido.
Sin embargo, nadie las ha recogido. Nadie las ha transportado. Nadie las ha transformado.
El territorio ya posee los mecanismos necesarios para reciclar gran parte de sus recursos. La pregunta suele ser menos cómo hacerlo que cómo acompañar estos mecanismos.
Nada desaparece realmente
En la naturaleza, la noción de residuo no existe. Nada se pierde, nada se gana, todo se transforma.
Cada organismo, cada hoja, cada rama, cada raíz entra un día en un nuevo ciclo. Lo que parece desaparecer se convierte en el recurso de otro ser vivo.
Una hoja caída al suelo alimenta primero a insectos, hongos y bacterias. Al transformarse progresivamente, contribuye a enriquecer el suelo, que alimentará a su vez a las plantas. Estas plantas producirán nuevas hojas, nuevas raíces, nuevos frutos… antes de que el ciclo vuelva a empezar.
Lo vivo funciona así desde hace millones de años. Esta continuidad constituye uno de los fundamentos de la fertilidad de los ecosistemas.
El ciclo de la materia
Cada territorio produce continuamente materia orgánica. Una parte proviene de los cultivos, los setos, las praderas o los bosques.
Otra procede de la ganadería, los espacios verdes, las industrias agroalimentarias o los biorresiduos domésticos. Todos estos recursos pueden seguir trayectorias diferentes. Algunos regresan directamente al suelo. Otros se compostan involuntariamente por la naturaleza o voluntariamente por el ser humano.
Algunos alimentan una planta de metanización. Otros más se exportan fuera del territorio. Cada elección influye en cómo circulará la materia en los años siguientes. Comprender estos flujos es un primer paso hacia una gestión más coherente de los recursos locales.
El ciclo de los elementos
Las plantas necesitan agua, carbono, nitrógeno, fósforo, potasio y numerosos otros elementos para desarrollarse.
Contrariamente a una idea extendida, estos elementos no son creados por las plantas. Circulan permanentemente entre la atmósfera, los suelos, los organismos vivos y la materia orgánica. Los microorganismos desempeñan un papel esencial en estos intercambios. Al alimentarse de los residuos vegetales y animales, vuelven progresivamente disponibles elementos que podrán ser absorbidos de nuevo por las raíces.
La fertilidad se apoya, por tanto, menos en una acumulación que en una buena circulación.
El ciclo de la energía
En el origen de casi toda la vida terrestre se encuentra el sol. Gracias a la fotosíntesis, los vegetales captan parte de esta energía y la transforman en materia orgánica.
Esta energía se transmite después a los animales, a los microorganismos y al conjunto de organismos que participan en las cadenas alimentarias. En cada etapa, una parte se utiliza para asegurar las funciones vitales, mientras que otra sigue su camino en el ciclo de lo vivo.
La materia orgánica representa así una reserva temporal de energía, constantemente reciclada.
Ciclos que se cruzan
En un territorio, los ciclos nunca funcionan de forma aislada. El ciclo del agua influye en el de la materia orgánica.
El ciclo del carbono interactúa con el del nitrógeno. Las prácticas agrícolas modifican los equilibrios biológicos.
Las decisiones de ordenación influyen en los flujos de materia. Comprender estas interacciones permite evitar respuestas demasiado simples a situaciones a menudo complejas. Una decisión tomada en un ámbito produce con frecuencia efectos en varios otros.
Cuando los ciclos se rompen
Los ciclos naturales no son inmutables. Pueden ralentizarse, acelerarse o interrumpirse.
Una materia orgánica exportada sin retorno al suelo, una erosión importante, una pérdida de biodiversidad o una mala valorización de los recursos pueden desequilibrar progresivamente los intercambios, generando «fugas».
Por el contrario, las prácticas que favorecen las restituciones orgánicas, la cobertura de los suelos, la diversidad vegetal o las cooperaciones territoriales contribuyen a mantener estos ciclos en movimiento.
El reto para instalar una robustez en el territorio en el que vivimos no es reproducir exactamente la naturaleza, sino inspirarse en sus principios de funcionamiento.
El territorio como ecosistema
Un territorio puede considerarse como un gran organismo vivo.
Las explotaciones agrícolas, las colectividades, las empresas, los habitantes y los espacios naturales intercambian permanentemente materia, energía, competencias y servicios. Cuando estos intercambios están mejor organizados, el territorio gana en autonomía y en capacidad de adaptación. Esta visión invita a superar los enfoques sectoriales para considerar los vínculos que unen a los distintos actores.
Los ciclos de lo vivo se convierten entonces también en ciclos de cooperación.
Una cuestión de equilibrio que recolocar en el centro de lo humano
Los ciclos naturales no buscan ni la velocidad máxima ni la producción máxima. Tienden hacia un equilibrio dinámico. Algunos periodos se caracterizan por un fuerte crecimiento. Otros por el descanso, la descomposición o la regeneración. Observar estos ritmos suele permitir adaptar las prácticas en lugar de intentar forzarlas.
La robustez de un territorio se apoya en parte en su capacidad para respetar y sincronizar estas temporalidades.
¿Dónde se sitúan las bio-preparaciones como el bocashi aeróbico?
El bocashi aeróbico se inscribe directamente en esta lógica de ciclo: cierra rápidamente el círculo entre un recurso orgánico disponible y el suelo de los agrosistemas que lo necesita, sin esperar a que la naturaleza sola se encargue de ello durante varios meses.
Para saber más
Libros
- Albert Howard — Un testamento agrícola.
- René Dubos — El hombre y su entorno.
- Edgar Morin — Introducción al pensamiento complejo.
- Dominique Soltner — Las bases de la producción vegetal.
Organismos
- INRAE
- FAO
- ADEME
- Oficina francesa de la biodiversidad (OFB)
El carbono, el hilo conductor del suelo vivo
Las bio-preparaciones
