El suelo es un ser vivo
Bajo cada paso,
un mundo invisible respira.
Caminamos sobre él.
Cave un agujero de treinta centímetros. Observe simplemente.
- ¿Los colores cambian?
- ¿Las raíces son numerosas?
- ¿La tierra se deshace fácilmente?
Toque, huela, observe. El suelo ya cuenta mucho antes del más mínimo análisis.
«Caminamos cada día sobre uno de los ecosistemas más ricos del planeta sin siempre medir su complejidad.»
Cuando observo una parcela agrícola, veo primero un cultivo, una pradera o un huerto. Sin embargo, la mayor parte de la actividad ocurre bajo la superficie. El suelo no es un simple soporte para las plantas, ni un depósito de nutrientes. Es un medio vivo, en perpetua evolución, donde miles de millones de organismos interactúan a cada instante.
Esta vida discreta cumple funciones indispensables: transforma la materia orgánica, construye la estructura del suelo, recicla los elementos nutritivos y participa en la salud de las plantas.
Comprender esta realidad cambia profundamente nuestra manera de abordar la fertilidad.
Un mundo invisible
Un puñado de tierra puede contener varios miles de millones de bacterias, kilómetros de filamentos de hongos, miles de protozoos y numerosos otros organismos microscópicos.
A esta biodiversidad se suman organismos más visibles: lombrices de tierra, colémbolos, ácaros, insectos y muchos otros. Todos ocupan un lugar particular. Ninguno actúa solo. Cada uno participa en un equilibrio donde la materia circula permanentemente.
El suelo funciona así como una inmensa red de intercambios.
Una cooperación permanente
Contrariamente a la imagen de un mundo donde las especies estarían únicamente en competencia, el suelo se apoya en multitud de cooperaciones.
Los vegetales producen, gracias a la fotosíntesis, compuestos carbonados de los que una parte se transfiere a las raíces. Una fracción de estos azúcares se libera después en el suelo, donde alimenta a los microorganismos.
A cambio, estos organismos vuelven progresivamente disponibles elementos minerales, producen distintas sustancias y participan en la creación de un entorno favorable para el desarrollo de las raíces.
Esta relación de intercambio existe desde hace millones de años. La agricultura no la crea. Puede simplemente favorecerla… o perturbarla.
La materia orgánica: el vínculo entre todos los actores
Cada hoja que cae, cada raíz que muere, cada residuo vegetal o aporte orgánico se convierte en una fuente de energía para esta comunidad viva.
Con el paso de los días, la materia se fragmenta, se consume, se transforma y se integra después en nuevos ciclos. Una parte es utilizada por los propios organismos. Otra contribuye progresivamente a la formación de una materia orgánica más estable. El resto regresa en forma de elementos nutritivos disponibles para las plantas. Nada está fijo.
El suelo es un espacio-tiempo dinámico donde todo circula.
Una fertilidad que se construye
La fertilidad no es un estado definitivo. Resulta de un equilibrio entre varios factores:
- la calidad de los suelos,
- la diversidad biológica,
- las prácticas agrícolas,
- los aportes de materia orgánica,
- el clima,
- la disponibilidad de agua.
Cada intervención modifica, a veces muy ligeramente, este equilibrio. Algunas prácticas favorecen el mantenimiento de una actividad biológica importante. Otras responden a otros objetivos. En todos los casos, la fertilidad se construye a lo largo del tiempo.
Observar antes de actuar
Los análisis de laboratorio aportan información valiosa, pero no sustituyen a la observación.
Un suelo cuenta muchas cosas a quien se toma el tiempo de mirarlo. Su color, su olor, su estructura, la facilidad con la que se desmenuza, la presencia de raíces, lombrices de tierra o residuos en descomposición son otros tantos indicios. Estas observaciones de campo suelen permitir completar los datos analíticos y entablar discusiones entre agricultores, técnicos y asesores.
El conocimiento de un suelo nunca se reduce a un único valor medido.
Restaurar los equilibrios
Cuando un suelo pierde progresivamente materia orgánica o su actividad biológica disminuye, no se trata de una situación irreversible. Los suelos poseen una notable capacidad de regeneración cuando las condiciones les son favorables.
Las cubiertas vegetales, las restituciones de residuos, las rotaciones, los aportes orgánicos, las prácticas que limitan las perturbaciones y las distintas formas de valorización de la materia orgánica pueden contribuir, juntas, a acompañar esta dinámica.
El bocashi aeróbico se inscribe en esta gama de soluciones. Propone una manera de transformar rápidamente recursos orgánicos locales para que, una vez devueltos al suelo, puedan participar en esta reconstrucción progresiva de la fertilidad.
Comprender antes de elegir
Cada territorio posee su historia, sus recursos, sus limitaciones y sus objetivos. No existe, por tanto, una única manera de construir suelos más fértiles.
En cambio, todos mis enfoques comparten un punto común: reconocen que el suelo es un medio vivo, cuyo funcionamiento depende, ante todo, de las interacciones entre los organismos que lo habitan.
Integrar y comprender esta realidad constituye, sin duda, el primer paso antes de elegir las prácticas más adecuadas para cada contexto.
Para saber más
Libros
- Francis Hallé — Elogio de la planta.
- Marcel Bouché — De lombrices de tierra y hombres.
- Lydia y Claude Bourguignon — El suelo, la tierra y los campos.
Organismos
- INRAE
- FAO
- Oficina francesa de la biodiversidad
